"¿Donde estoy?" Fue lo primero que pensó Cassie al despertar. Al principio se creyó en su cama, más era demasiado acolchonada. Se levantó y vio que llevaba un camisón de seda rosa, que apenas le llegaba al muslo. Se encontraba en una habitación sin ventanas, con una cama de matrimonio, un baño, un escritorio, un armario y una puerta cerrada con llave. No recordaba como había llegado allí. Sólo recordaba.... si se esforzaba mucho la recordaba…la recordaba a ella, a Isabelle, llorando, y luego la oscuridad. Pero... ¿Isabelle llorando? Probablemente había sido producto de su imaginación.
De pronto se oyeron pasos. Alguien se acercaba, Cassie se metió en la cama y fingió dormir. Se abrió la puerta y entró un torrente de luz acompañando al hermoso chico de pelo dorado y tez palida. Sin una palabra se deslizó a su lado en la cama y se quedó observándola con algo parecido a la ternura. Cassie percibía que la observaba y que sabía que no dormía, pero no se movió. Él le pasó una mano llena de cicatrices por el pelo. Notó como se ruborizaba. Entonces él habló:
-Sé que estás despierta. El desayuno está servido. Estamos en la segunda planta, busca algo que te sirva en el armario y baja.
Dicho esto, él salió de la habitación. ¿Quién era? Notó una punzada de reconocimiento, de añoro, más seguía sin conocerlo. Casi como una autómata salió de entre las revueltas sábanas y se dirigió hacia el armario. Allí, arrodillada, comenzó a sacar delicadas y caras prendas. La ropa a la que estaba acostumbrada valdría menos de la mitad que esta. Eligió unos ajustados tejanos, probablemente de marca, y una camisa de seda a cuadros blancos y azules. También cogió unos elegantes botines blancos y una chaqueta de puntilla del mismo color. Con una mano sobre los ojos y guiada por el dulce olor del bacon, presionó con cuidado él pomo de la puerta. Un torrente de luz la acompañó en su trayecto hasta las claras escaleras de caracol que la llevaron a un amplio corredor que daba a la cocina.
Allí se encontró de nuevo con el irónico chico que se acercó a la oscura habitación de la segunda planta. Él estaba cocinando varias lonchas de bacon y no la miraba. A pesar de lo silenciosamente que entró, él se giró inmediatamente, acercándose a saludarla:
- Hola, Bella Durmiente.
- ¿Quien eres?
- Muchos me llaman “el arrebatador chico dorado”, pero también puedes llamarme Jace.
- ¿Donde estamos?
- Puedes llamarlo refugio.
- ¿Porque estoy aquí?
- Tal vez por que... te he salvado del sitio donde te tenían encerrada esa pareja de brujos, los Gray. ¿Es que no recuerdas como caíste rendida a mis pies? - Esto último lo añadió con una irónica sonrisa.
- ¿Bru- bru- brujos?
- Oh, venga, vivías con una Especial, con una mundi con la Visión, con una pareja de brujos y con una Cambiada, tenías que saberlo.
- ¿Saber?, ¿saber lo que?
- Lo que eres, tu naturaleza, la mía. Pero... ¿acaso no lo sabes?
- ¡Estás loco!- dijo desatando unos descontrolados sollozos que hicieron que cayera en sus brazos.
Él la cogió y la llevó a la habitación en la que había dormido. Era muy fuerte, notaba todos los trenzados músculos de sus brazos mientras la llevaba en brazos. Con cuidado la colocó en la cama y la tapó con las mantas. Se quedó a su lado, hasta que la creyó dormida, y se fue dándole un cariñoso beso en la frente. Cassie no estaba realmente dormida y se asombró de los escalofríos que le recorrían el cuerpo al contacto con la piel del chico dorado, "Jace" recordó.
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De nuevo se despertó sobresaltada y desorientada. Mientras, comenzaba a recordar donde estaba, la asaltó una nueva imagen de un chico de pálida piel y cabello negro como la noche salir de un carruaje y sonreír. "¿Quien era aquel muchacho?" pensó. El chico dorado, Jace, abrió la puerta.
- Tranquila, por cierto ¿como te llamas?
- Cassandra Brisbane. ¿Por que estoy aquí?
- Te lo explicaré en cuanto estés un poco mejor.
- ¡Pero yo lo quiero saber ahora!
- Está bien... te lo contaré todo tu eres...
Una explosión cortó a Jace. Él se levantó rapidamente, y corrió a atrancar la puerta, pero antes de que lo consiguiera alguien la abrió...